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La psicología confirma que las personas que sienten placer ante el fracaso ajeno no son malas, sino que tienen una reacción emocional humana que surge cuando la autoestima está en juego

¿Te has sentido alguna vez bien en silencio al ver que otra persona fracasa? No te juzgues a ti misma, porque es un sentimiento normal, tal como nos explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto.

El pasado mes de mayo se estrenó la serie de Victoria Martín ‘Se tiene que morir mucha gente’. El guión contiene toda su acidez y su ironía magistral, algo que podemos comprobar cuando Bárbara, el personaje interpretado por Anna Castillo, dice a una de sus mejores amigas: “Que estés mal me hace sentir mejor”.

Podemos llevarnos las manos a la cabeza, o ser sinceros con nosotros mismos y asumir que algo de verdad se esconde tras la salvajada del guion. Y es que el fracaso ajeno nos produce cierto grado de placer. Podemos admitirlo porque, de hecho, no hay nada de malo o de antinatural en ello. Eso es lo que nos explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto, que nos ayuda a ahondar en este sentimiento tan incómodo, pero tan natural en los seres humanos.

Es más normal de lo que crees

La frase de la serie de Victoria Martín parece un buen punto de partida: nos sentimos bien cuando vemos que a alguien le va mal. Pero ¿por qué sentimos placer cuando vemos a alguien fracasar? ¿Somos acaso pequeños psicópatas? Leticia Martín Enjuto, psicóloga y directora del Centro de Psicología que lleva su nombre, nos responde sin tapujos.

“Sentir una pequeña satisfacción cuando otra persona fracasa suele generar incomodidad y culpa”, expone, “y muchas personas creen que esta reacción las convierte automáticamente en egoístas o crueles”. Pero esto no tiene nada que ver con el egoísmo; es un fenómeno muy extendido y relacionado con “una respuesta emocional humana compleja que surge en determinados contextos sociales y emocionales”.

El sentimiento es tan común, que en alemán cuenta con su propio nombre: schadenfreude, el placer experimentado ante las dificultades o tropiezos de otra persona. “Aunque pueda parecer una emoción negativa”, continúa Leticia, “en consulta vemos cómo forma parte del repertorio emocional humano y que aparece con mayor frecuencia de lo que la mayoría está dispuesta a admitir”.

La comparación social

Sí, que sientas cierto grado de placer cuando ves a otro fracasar es normal. Pero ¿por qué sucede? El primer sospechoso de la lista es la comparación social, uno de los factores más importantes tras esta emoción que nos incomoda tanto.

“Las personas tendemos a evaluar nuestras capacidades, logros y posición en relación con quienes nos rodean”, nos explica Leticia. “Cuando alguien que percibimos como más exitoso experimenta un fracaso, la distancia que sentíamos respecto a esa persona puede reducirse temporalmente, generando una sensación de alivio o equilibrio emocional”.

Así, la satisfacción que sentimos no radica en el fracaso en sí de la otra persona. En realidad, lo que nos hace sentir mejor es que nos sentimos un poco menos fracasados, un poco menos insuficientes. El placer se produce al cambiar los baremos de comparación personal.

La autoestima en juego

Por supuesto, en esta emoción tan peculiar, la autoestima también desempeña un papel fundamental. Así nos lo explica Martín Enjuto, que asegura que “cuando una persona atraviesa momentos de inseguridad o siente que su valor personal está amenazado, el tropiezo de alguien que considera un rival puede funcionar como una especie de compensación psicológica”.

Y no, no se trata de desearle el mal a nadie, sino de una reacción vinculada a la necesidad de proteger la propia imagen. Una vez más, si nos comparamos en el espejo que suponen los otros, verlos desfavorecidos refuerza temporalmente nuestra autopercepción.

La percepción de justicia

Reconozcámoslo, no todos tienen lo que se merecen. Ciertas personas alcanzan puestos de poder o reconocimiento sin que el mérito haya tenido nada que ver en el proceso. Y cuando fracasan, sentimos un ligero placer que está relacionado con nuestra percepción de la justicia.

“Con frecuencia, el placer ante el fracaso de otros aparece cuando creemos que alguien obtuvo ventajas injustas, actuó de manera arrogante o recibió reconocimiento sin merecerlo”, explica Martín Enjuto. “En estos casos, el fracaso puede interpretarse como una corrección del equilibrio, lo que genera una sensación subjetiva de satisfacción”.

No eres mala persona

Lo más curioso de todo esto es que, como también adelanta la serie citada al inicio de este artículo, sentimos mayor placer cuanto más intensa sea nuestra relación con esa persona. “Cuanto más importante sea la comparación para la identidad de una persona, mayor probabilidad existe de que experimente este tipo de reacción emocional”, determina Leticia.

Sin embargo, sentir placer momentáneo por el fracaso ajeno no implica necesariamente falta de empatía. Las emociones humanas son complejas y contradictorias. Es posible experimentar una breve satisfacción inicial y, al mismo tiempo, sentir compasión por la persona afectada. Ambas respuestas pueden coexistir sin que una anule a la otra.

Lo único que debe preocuparnos, apunta la experta, es “la intensidad y frecuencia de esta emoción”. “En la mayoría de las personas aparece de forma ocasional y pasajera. Cuando se convierte en una fuente constante de satisfacción o en un deseo recurrente de que otros sufran, podría reflejar conflictos emocionales más profundos relacionados con la autoestima, la inseguridad o la hostilidad interpersonal”, concluye.

Así que, si al ver fracasar al otro te alegras un poquitín, no te juzgues demasiado. Es una emoción más que natural en los seres humanos y no tiene por qué significar que algo vaya mal en tu cabeza.

Publicado originalmente en Cuerpomente · Celia Pérez León