No nos gusta reconocerlo en voz alta, pero es cierto: las cosas buenas y malas que les suceden a los demás también provocan emociones en nosotros. A veces que algo le salga mal a alguien nos hace sonreír sin que nos demos cuenta; otras, sentimos algo de envidia cuando algo le sale bien a otra persona, incluso si la queremos mucho. Y otras, ver que esa persona no consigue destacar, nos hace sentir alivio.
¿Significa esto que somos todos personas envidiosas? No, no es así. En realidad, lo que puede estar sucediendo es mucho más complejo de lo que imaginamos. Así nos lo explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto, que apunta que en muchos casos lo que nos sucede es una respuesta automática de comparación social que busca proteger la autoestima. Algo que, por supuesto, no podemos controlar.
Cierto alivio
Puede resultar incómodo reconocerlo, pero en algunas ocasiones podemos sentir cierto alivio cuando una persona que suele destacar deja de hacerlo. Y aunque nos cueste aceptarlo, en realidad nos sucede a todos. Puede pasar con un compañero de trabajo, un amigo o incluso alguien de nuestra propia familia. La primera palabra que nos viene a la cabeza suele ser “envidia”, aunque no siempre tiene que ver con eso. A veces, simplemente estamos reaccionando de una manera bastante automática a la comparación con los demás.
“Compararnos forma parte de nuestro día a día, aunque muchas veces no nos demos cuenta”, nos explica Leticia Martín Enjuto. “Nos fijamos en lo que hacen otras personas, en sus resultados, en cómo las valoran los demás o en aquello que parecen conseguir con facilidad”.
A partir de ahí, casi sin querer, empezamos a valorar cómo estamos nosotros. “Es un mecanismo bastante habitual y no significa que estemos intentando competir constantemente con todo el mundo”, asegura la experta.
Una cuestión de estatus
Pero… ¿Por qué se produce esta suerte de alivio? Primero debemos analizar por qué nos sentimos angustiados cuando a alguien le va mal. Y según Leticia, “el problema aparece cuando sentimos que la otra persona está muy por encima de nosotros. Si alguien recibe muchos reconocimientos, consigue buenos resultados o parece tener facilidad para determinadas cosas, podemos empezar a cuestionarnos por qué no somos capaces de conseguir lo mismo”.
Inevitablemente, nos preguntamos a nosotros mismos si quizá somos menos capaces. “Son pensamientos que pueden aparecer sin que lleguemos siquiera a expresarlos en voz alta”, asegura la experta.
“Por eso, cuando esa persona deja de destacar, podemos experimentar una sensación de tranquilidad. Durante un momento desaparece esa comparación que nos hacía sentir incómodos y recuperamos cierta sensación de equilibrio”, añade la experta. Este alivio no significa que queramos que al otro le vaya mal. Es tan solo que ese desequilibrio que percibíamos de repente parece ordenarse. Y podemos decirnos: “Quizá no soy tan malo”.
Nuestra autoestima en juego
Lo que está en juego en todas estas situaciones, en realidad, es nuestra propia autoestima. Por eso, la valoración que hacemos de nosotros mismos y nuestras habilidades es tan importante a la hora de entender ese alivio.
En cierta forma, “cuando nuestra seguridad personal depende demasiado de cómo quedamos frente a los demás, los logros de otras personas pueden hacernos sentir amenazados”, nos explica la experta. Sin embargo, cuando tenemos una valoración más estable de nosotros mismos, podemos reconocer que alguien es bueno en algo sin sentir que eso dice nada negativo sobre nuestras propias capacidades.
A quien sentimos más cerca
Lo señalábamos previamente, y es sin duda algo curioso. Es habitual que sintamos mayor alivio cuando quien deja de destacar es alguien a quien sentimos muy cerca. Y esto hace que nos sintamos aún más culpables.
Pero no debería ser así, porque en realidad es lo habitual. “No todas las personas nos generan el mismo nivel de comparación”, expone la experta. “Normalmente nos afecta más aquello que hace alguien que sentimos cercano a nosotros, que tiene una edad parecida, trabaja en algo similar o comparte objetivos con nosotros”. Y la razón es sencilla: es más fácil compararnos con un compañero o con un amigo que con alguien cuya vida sentimos completamente alejada de la nuestra.
La emoción y la acción
En cualquier caso, nos explica Leticia, aquí lo importante es “diferenciar entre sentir una emoción y actuar desde ella”. “Podemos experimentar ese pequeño alivio de manera puntual y, al mismo tiempo, alegrarnos sinceramente por la otra persona”, asegura la experta.
El problema aparece cuando empezamos a necesitar que los demás fallen para sentirnos bien, o cuando esa comparación nos lleva a criticar, despreciar o intentar perjudicar a quienes tenemos cerca. No es lo mismo sentir una emoción de alivio, por incómoda que nos resulte, que convertir esa emoción en actos hostiles.
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