Entras en una tienda y, casi de forma natural, unas palabras salen de tu boca: “Buenas tardes”. Saludas a todos los que están dentro, al que atiende o a nadie en particular. “Es de buena educación”, te dices a ti misma. Pero tras este gesto tan sencillo se puede esconder algo mucho más profundo.
Así nos lo explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto, a la que entrevistamos brevemente para comprender qué se esconde tras las personas que siempre saludan cuando entran en una tienda. Y es que tras este gesto a veces se esconde el deseo de crear una conexión positiva desde el primer momento.
Conexiones importantes
“A menudo pensamos que las conexiones importantes solo se crean en las relaciones más cercanas, pero no es así”, nos explica Leticia Martín Enjuto cuando le preguntamos por esas personas que siempre saludan al entrar en una tienda.
Si ponemos sobre la mesa la palabra “conexión”, en este contexto, corremos el riesgo de caer en la trampa: ¿qué conexión podemos establecer con alguien a quien no volveremos a ver? Y es que, aunque no lo creamos, estos vínculos también son significativos. “Existen vínculos fugaces que construimos cada día con el camarero que nos sirve el café, la cajera del supermercado o la persona que nos atiende en una tienda. Son encuentros breves, sí, pero siguen siendo encuentros entre personas”, explica Martín Enjuto.
Cuando saludamos, estamos lanzando un mensaje muy sencillo: “Sé que estás ahí”. Y aunque parezca un gesto automático, tiene un enorme valor psicológico. “Todos necesitamos sentirnos reconocidos”, afirma la experta. Que alguien nos mire, nos sonría o nos dedique un saludo activa esa sensación de pertenencia que tanto influye en nuestro bienestar emocional.
Indicadores de seguridad
El centro de control de nuestras emociones es nuestro cerebro. Y con estos saludos sucede algo muy curioso: nuestro cerebro interpreta estas señales como indicadores de seguridad. “Cuando la otra persona nos recibe con una actitud amable, bajamos la guardia de forma casi inconsciente. Nos sentimos más cómodos y predispuestos a interactuar. Es sorprendente cómo unos pocos segundos pueden marcar el tono de toda una conversación”, explica la experta.
Este punto también es importante, porque muchas veces no somos conscientes del efecto que tienen nuestras pequeñas acciones. “Pensamos que un saludo no cambia nada, pero sí lo hace. No solo en quien lo recibe, sino también en quien lo da. La amabilidad tiene algo contagioso”, asegura Leticia.
Cuando iniciamos una interacción desde la cercanía, es mucho más fácil que el otro responda en la misma dirección. Y aunque no hagamos el proceso de manera consciente, sí notamos los resultados. Esto, por supuesto, refuerza la conducta, haciendo que se convierta en algo casi automático.
Pequeños gestos, grandes resultados
Para Leticia Martín Enjuto hay algo muy interesante en el poder de estos pequeños gestos. Y es que si saludar al entrar en una tienda puede convertirse en algo significativo, en vínculos más complejos los pequeños gestos pueden tener efectos incluso mejores.
“En consulta me gusta recordar que cuidar de nuestras relaciones no siempre implica hacer grandes cosas. A veces consiste, precisamente, en no dejar de hacer las pequeñas. Saludar, dar las gracias, despedirse o mirar a los ojos son gestos cotidianos que ayudan a que las personas se sientan valoradas, incluso cuando apenas compartimos unos minutos con ellas”, asegura la experta.
Una forma de empatía
Otro asunto interesante se encuentra en el análisis de la personalidad, porque tendemos a pensar que quienes saludan a todo el mundo son siempre extrovertidos. Y, sin embargo, no es así. “Hay personas muy reservadas que nunca olvidan ese gesto y otras muy sociables que, por las prisas, pasan de largo sin decir una palabra”, afirma la psicóloga. “Más que una cuestión de carácter muchas veces tiene que ver con la importancia que damos a reconocer al otro”.
Esto es, sin duda, muy significativo, porque reconocer al otro es una forma de empatía. Significa recordar que delante de nosotros no hay alguien que simplemente está haciendo su trabajo, sino una persona con una historia, con un estado de ánimo y, probablemente, con un día mejor o peor, igual que cualquiera de nosotros. Ese cambio de mirada hace que nuestras interacciones sean mucho más humanas.
“Eso no significa que quien no salude sea una persona maleducada o poco empática”, aclara la experta. “Hay quien entra preocupado, distraído, con la cabeza en otro sitio o simplemente ha crecido en un entorno donde este tipo de gestos no eran habituales. En psicología intentamos comprender antes que juzgar, porque detrás de una conducta casi siempre hay una explicación que no vemos”.
libro recomendado
Confía en tu mente (Ed. Sirio), de Jenara Erenberg. Una reflexión sobre la polarización y la autocensura que nos alejan de pensar libremente. Una invitación a recuperar la curiosidad, la empatía y el diálogo.
Una suma de mucho
Lo que sí sabemos es que los pequeños gestos se van acumulando. Y lo que al principio parecía algo sin importancia, se convierte en algo más grande. En especial, cuando pensamos en la persona que está del otro lado.
“Las personas que trabajan de cara al público pueden atender a decenas o incluso cientos de clientes cada día. Y aunque un simple “buenos días” parezca insignificante, puede convertirse en ese momento amable que hace la jornada un poco más llevadera”, nos explica la psicóloga. “Nunca sabemos el impacto que podemos tener en alguien con un gesto tan sencillo”.