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La psicología confirma que las personas que se apartan para dejar pasar a alguien por una acera estrecha no lo hacen solo por educación, sino porque son capaces de anticiparse a situaciones incómodas

¿Eres de esas personas que se apartan cuando la acera es estrecha para dejar pasar a la otra persona? ¿Conoces a alguien que siempre lo hace? Esto es lo que la psicología puede revelar de su personalidad.

La escena es tan habitual que a veces apenas somos conscientes de ella. Vamos caminando por la calle, pensando en nuestras cosas, y de repente nos cruzamos con alguien en una acera especialmente estrecha. ¿Qué hacemos? A veces, sin darnos cuenta, somos nosotros quienes nos bajamos para dejar pasar a la otra persona. Otras, es la otra persona quien lo hace.

En cualquier caso, en ese breve encuentro está sucediendo mucho más de lo que imaginamos. Así nos lo explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto, colaboradora habitual de esta revista y directora del Centro de Psicología que lleva su nombre. Porque en este breve gesto se revela nuestra capacidad de anticipar la incomodidad antes de que se produzca.

Gestos inconscientes

Este gesto es tan pequeño, tan automático, tan inconsciente, que podríamos pensar que, en realidad, no dice nada de nosotros. Sin embargo, nos explica Leticia Martín Enjuto, es de esos pequeños gestos que “si nos detenemos a observarlos, tienen bastante que ver con nuestra forma de relacionarnos con los demás”.

Y es que en los pequeños gestos del día a día es donde podemos descubrir de verdad cómo funciona nuestra mente, o qué aspectos de nuestro inconsciente se revelan cuando no miramos. Porque muchas de las pequeñas decisiones que tomamos cada día están condicionadas por nuestra personalidad y nuestras capacidades cognitivas sin que nos demos cuenta.

Una de ellas es apartarnos cuando vamos por una acera estrecha y vemos que viene otra persona de frente. “En lugar de esperar a llegar hasta el otro y decidir en ese momento quién se aparta, hacemos un pequeño movimiento para facilitar el paso”, nos recuerda Leticia. Y ahí hay mucho que analizar. Porque, aunque esta es una respuesta muy cotidiana, “detrás hay una capacidad importante: observar lo que está ocurriendo y adaptar nuestro comportamiento a lo que creemos que va a suceder”, señala la especialista.

El cerebro predictor

Lo que sucede en ese momento es que nuestro cerebro, que está constantemente intentando predecir lo que sucederá luego, se activa. “Nuestro cerebro está haciendo constantemente este tipo de predicciones, aunque no seamos conscientes de ellas”, nos explica Leticia. “Cuando caminamos y vemos que alguien se acerca por un espacio reducido, calculamos rápidamente si los dos vamos a poder pasar”.

En cuestión de segundos, nuestro cerebro está haciendo sus predicciones. ¿Será incómodo si nos topamos cara a cara? ¿Y si nos chocamos? Y entonces, se activa la reacción. “Muchas veces ni siquiera lo pensamos de manera consciente”, explica la psicóloga. “Simplemente reducimos el paso, nos desplazamos un poco hacia un lado o nos detenemos”. 

Un porcentaje de empatía

Este gesto no solo habla de nuestra capacidad de predecir lo que va a suceder, también nos avisa de nuestra capacidad de ponernos en los zapatos de otra persona. Porque, como señala Martín Enjuto, en este gesto “también hay una parte de empatía”.

No se trata únicamente de pensar ‘no cabemos los dos’, sino de entender que, si ninguno modifica su trayectoria, probablemente los dos vamos a sentirnos incómodos. Quizá tengamos que esquivarnos en el último momento, pasar demasiado cerca o hacer que la otra persona tenga que bajarse de la acera.

“Durante unos segundos estamos teniendo en cuenta cómo puede sentirse alguien a quien ni siquiera conocemos. Y esa es una de las formas más sencillas en las que aparece la empatía en nuestra vida cotidiana”, afirma la psicóloga.

Flexibilidad en el comportamiento

Pero en este gesto que es cuestión de segundos, que a veces ni siquiera es consciente, se esconde otra capacidad más: la flexibilidad. Y es que, como nos explica Leticia, “apartarse implica cierta capacidad para flexibilizar nuestro propio comportamiento”.

Podríamos seguir caminando exactamente por donde vamos y esperar a que sea el otro quien se aparte. Sin embargo, decidimos modificar ligeramente nuestro recorrido. “Esto no significa que tengamos que ceder siempre ante los demás ni que debamos anteponer sus necesidades a las nuestras”, afirma la experta, “simplemente entendemos que compartir espacios implica que, en determinados momentos, todos tenemos que hacer pequeños ajustes”.

La automatización del gesto

Aunque sin duda, lo más curioso de todo esto es el hecho de que el gesto se convierta en algo automático. Vemos a la persona que se acerca, calculamos la distancia y nuestro cuerpo empieza a moverse antes incluso de que hayamos formulado conscientemente la decisión. Y en este acto de automatización, la educación tiene mucho que ver.

“Son normas sociales que hemos ido aprendiendo desde pequeños: dejar pasar, no bloquear el camino, esperar nuestro turno o facilitar que otra persona pueda avanzar”, asegura la experta. “Con el tiempo, muchas de estas conductas se convierten en algo tan natural que ni siquiera nos damos cuenta de que las estamos haciendo”, concluye.

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Publicado originalmente en Cuerpomente · Celia Pérez León