Hay personas que se despiertan por la mañana, se levantan y, después de unos minutos, sienten que necesitan volver a la cama un rato antes de empezar realmente el día. Si no eres de ese grupo selecto de personas quizá esto te parezca una auténtica locura, o algo completamente innecesario. Pero para quienes lo hacen no lo es, y la psicología puede explicarnos por qué sucede.
De este tema conversamos con la psicóloga Leticia Martín Enjuto, colaboradora habitual de este medio y directora del Centro de Psicología que lleva su nombre. Y es que, aunque juzguemos rápidamente que esto tiene que ser cosa de la pereza, en realidad es algo un poco más complicado. En realidad, se trata de la necesidad de una transición gradual entre el descanso y la actividad del día a día.
No es pereza
“Es fácil que desde fuera interpretemos ese comportamiento como pereza, falta de voluntad o incluso como una mala costumbre”, nos explica Leticia Martín Enjuto, psicóloga, cuando le preguntamos por esta tendencia que a algunos se nos antoja tan extraña. Pero lo cierto es que en el fondo hay algo mucho más profundo.
“Veo mucho en consulta que no podemos sacar una conclusión tan sencilla a partir de una conducta. Cada persona tiene un ritmo diferente al despertarse y no todos necesitamos el mismo tiempo para pasar del descanso a la actividad”, continúa la psicóloga.
De hecho, sabemos que cuando nos despertamos, nuestro cerebro no pasa de manera inmediata de estar dormido a encontrarse completamente preparado para funcionar al cien por cien. “Es bastante habitual experimentar durante un tiempo cierta sensación de sueño, lentitud o dificultad para concentrarnos. Es lo que conocemos como inercia del sueño y puede ser más intensa dependiendo de cuánto hayamos dormido, de la calidad de ese descanso o incluso del momento en el que nos hemos despertado”, nos explica la experta. Y por eso, necesitar unos minutos para despejarnos no tiene nada que ver necesariamente con ser una persona perezosa.
Un lugar de calma
Además, hay algo muy sencillo que a veces olvidamos: la cama puede ser un lugar de calma. “Para muchas personas, esos minutos después de despertarse son prácticamente el único momento del día en el que todavía no tienen que responder a nadie ni cumplir ninguna obligación”, nos explica Leticia.
Es por eso por lo que volver a tumbarse, estar tranquilamente en la cama, pensar en lo que nos espera o simplemente permanecer unos minutos en silencio puede funcionar como una especie de puente entre la noche y el comienzo del día.
“No siempre estamos intentando dormir de nuevo; a veces simplemente necesitamos un poco de tiempo para activarnos”, continúa la experta. Y es que este gesto, definitivamente, no tiene nada que ver con la pereza.
La agenda abarrotada
Por supuesto, el momento vital también influye. Porque, aunque seas de los que se levantan de un salto y empiezan el día nada más despertar, nada te libra de encontrarte a ti mismo algún día volviendo a la cama pocos minutos después.
De hecho, nos explica la psicóloga, este tipo de gestos son más habituales “en personas que viven con mucha presión o con agendas muy exigentes”. Hay mañanas en las que, incluso antes de poner un pie fuera de la cama, nuestra cabeza ya está repasando todo lo que tenemos pendiente: el trabajo, las reuniones, los niños, las responsabilidades, los problemas que tenemos que resolver… “En ese contexto”, continúa la experta, “esos minutos adicionales pueden convertirse en un pequeño espacio de desconexión”. No estamos evitando el día, sino intentando entrar en él de una manera un poco más gradual.
Saltan las alarmas
“Ahora bien, tampoco debemos asumir que volver a la cama siempre es algo positivo o que nunca puede indicar que existe un problema”, nos indica Leticia. Y es que sí, hay veces en las que este comportamiento puede ser preocupante.
“Si una persona duerme las horas suficientes y, aun así, se despierta todos los días completamente agotada, necesita volver a acostarse durante mucho tiempo o tiene una sensación de falta de energía que se mantiene durante el día, merece la pena prestar atención”, señala la psicóloga. “En estos casos habría que valorar cómo está durmiendo, qué nivel de estrés tiene, cómo son sus rutinas y si existe algún otro factor que pueda estar influyendo en ese cansancio”.
¿Qué ocurre después?
Hay otros factores que también son importantes para medir el nivel de alarma, como aquello que sucede después de volver a tumbarnos. “No es lo mismo levantarse, volver a la cama diez minutos porque necesitamos despejarnos y después comenzar el día con normalidad, que permanecer durante horas en la cama porque no tenemos energía, nos cuesta afrontar las obligaciones o estamos intentando evitar aquello que nos genera malestar”, señala la experta.
El primer caso puede ser una simple necesidad de transición; la segunda hace saltar las alarmas. “Desde fuera pueden parecer conductas similares, pero psicológicamente pueden responder a situaciones completamente distintas”, concluye Martín Enjuto.