¿Cuándo fue la última vez que jugaste? Con tu hijo, con tus amigos o incluso con tu pareja. Jugaste a pasarte una pelota entre las olas del mar, al escondite entre árboles, en el suelo de casa con juguetes, o sobre una mesa repartiendo cartas, tirando dados. ¿Recuerdas cuánto tiempo ha pasado desde la última vez?
El filósofo Byung-Chun Han analiza, desde su libro La sociedad del cansancio, los cambios que ha experimentado la humanidad en las últimas décadas. Y para él, uno de esos cambios esenciales consiste en haber rechazado nuestra esencia como homo ludens para intentar convertirnos en un homo laborans. Tanto es así que, según afirma el filósofo, "ahora la gente se explota a sí misma en el trabajo pensando que se está realizando en la vida".
El homo laborans
No podemos viajar en el tiempo, por lo que es imposible ver cómo se comportaban nuestros ancestros en vivo y en directo. Tan solo podemos intentar reconstruir lo que fue nuestra vida hace millones de años por medio de los vestigios de nuestro pasado, aunque también podemos echar un vistazo a aquellos que comparten con nosotros pasos en la cadena evolutiva.
Cualquier documental elegido al azar nos muestra a chimpancés, bonobos y otros primates dedicando su tiempo al ocio. Juegan, se gastan bromas, intercambian momentos. Son lúdicos por naturaleza.
En la infancia, una etapa limpia de tendencias aprendidas y estigmas sociales sucede lo mismo. Las horas libres transcurren entre juegos, invenciones y risas. Al llegar a la adultez, todo eso desaparece. Pero ¿debería?
La tesis de Byung-Chul Han es firme: no deberíamos dejar de jugar. El ser humano, de hecho, nunca ha centrado su vida en la productividad. Unas décadas atrás, el impulso para trabajar era el miedo. Teníamos miedo de ser rechazados, de quedar al margen de la sociedad si no conseguíamos un trabajo y ciertos ingresos. Aunque parte de ese miedo persiste, ahora, tras la idea del trabajo se esconde algo mucho más oscuro: el deseo de la automejora.
Este cambio de paradigma ha hecho que el ser humano se olvide de su ocio, de sus hobbies, del juego. Vivimos por y para trabajar. En nuestro tiempo libre, nos retamos para mejorar. Y el tiempo de aburrimiento, de ocio blando, de juego e intercambio con otros, se ha sustituido por hiperactividad, hiperproductividad, individualismo y automejora.
El homo ludens
Frente a ese ser humano hiperactivo e hiperproductivo, Byung-Chul Han nos habla de un homo ludens. Uno que juega, disfruta y tiene momentos de esparcimiento. Pero el filósofo coreano no es el único que apunta hacia una característica inherentemente lúdica en el ser humano.
“El hombre solo es plenamente humano cuando juega”, dijo el filosofo Friedrich Schiller, cita que rescata la psicóloga Leticia Martín Enjuto, con la que mantenemos una conversación acerca del aspecto lúdico del ser humano.
“El juego no es un lujo ni una pérdida de tiempo, sino una forma de conexión con lo más auténtico de nosotros mismos”, nos explica la psicóloga. “Jugar es una manera de ser, de explorar el mundo sin miedo al error y de disfrutar del simple hecho de existir”.
El niño interior
Alejándonos del aspecto más filosófico de la reflexión de Byung-Chul Han, descubrimos que sus ideas se ven reflejadas en lo que sabemos del ser humano. “Nos matamos por ser productivos pero el hombre no es un homo laborans, sino un homo ludens. El hombre ha nacido para jugar, no para trabajar”, escribe el autor. Y la psicología lo confirma.
“Desde la psicología, sabemos que mantener un espíritu lúdico favorece la salud mental y emocional. El juego estimula la creatividad, reduce el estrés y favorece los vínculos”, explica la psicóloga. “Incluso los desafíos cotidianos adquieren un color diferente con el juego, dejan de ser tareas mecánicas y se transforman en experiencias significativas”.
El juego nos conecta también con “el niño interior”, que la experta define como “esa parte de nosotros que aún conserva la capacidad de asombro, la curiosidad y la alegría espontáneas”. Todo ello es, por supuesto, esencial para la salud mental.
Jugar no es perder el tiempo
Quizá podamos pensar que jugar es perder el tiempo. Si lo hacemos, sin duda estamos cayendo en esa ‘sociedad del cansancio’ de la que nos advierte el filósofo coreano. Porque jugar jamás es perder el tiempo, es disfrutarlo. “En una sociedad donde todo parece medirse en resultados, jugar es una forma de resistencia emocional: es recordarnos que no somos máquinas, que nuestra valía no depende de lo que hacemos, sino de lo que somos y sentimos”.
El problema no es trabajar, es algo que todos tenemos que hacer. El problema es olvidarnos de que, pasada la jornada laboral, tenemos derecho a descansar, a desconectar, a olvidarnos del paso del tiempo. Y la mejor forma de hacerlo es conectando con aquello que nos lleva de vuelta a nuestra esencia: el juego, la diversión y el esparcimiento.